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11/12/2015

Violencia infanto-juvenil

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Debemos tener en cuenta que el cerebro humano está en pleno proceso de maduración en esa época de la vida. Para adentrarnos en un tema como la violencia infanto-juvenil, es indispensable tener en cuenta que el cerebro se halla en una etapa que permite y favorece la adopción de posturas conductuales exageradas.

ARTÍCULO DE OPINIÓN

Título: Violencia infanto-juvenil

Autor: Dr. Oscar Luis Pereira
Especialista 1er Grado en Pediatría
MSc. en “Atención Integral al Niño”

Debemos tener en cuenta que el cerebro humano está en pleno proceso de maduración en esa época de la vida. Para adentrarnos en un tema como la violencia infanto-juvenil, es indispensable tener en cuenta que el cerebro se halla en una etapa que permite y favorece la adopción de posturas conductuales exageradas.

Este es el momento de la vida en el que es más frecuente abrazar causas extremas, la santidad o la delincuencia, la pasividad o el riesgo, el egocentrismo o el altruismo aventurado. Es la época en que se celebra la vida en plenitud, y en la que el índice de suicidios alcanza su pico de frecuencia más llamativo

Cuando nos proyectamoscomo orientadores o como médicos de esta franja etaria, debemos conocer que el adolescente actúa como puede, sobre la base del estado evolutivo de su cerebro.

Silencio y comunicación

Sabido es que el ser humano ha logrado suencauce, en parte, gracias al manejo del lenguaje. La comunicación oral está indiscutiblemente en la base de la humanización. El lenguaje nos permite comunicarnos, formar alianzas, planificar estrategias comunes; nos permite ser educados y educar.

“Las lenguas no sólo se ‘emplean’, no son solo valores de comunicación, expresión personal o uso colectivo, contienen la experiencia de los pueblos y nos la transmiten.”1

Está plenamente aceptado el hecho de que las palabras pueden ser portadoras de agresiones y violencia. El lenguaje es usado en su modo más ofensivo para agredir, someter, desacreditar, envilecer, para producir la anulación cuando no la aniquilación definitiva del otro. El grito estentóreo es lo suficientemente elocuente como para sustituir la violencia corporal.

El silencio puede inaugurar un espacio en que la presencia del otro, en sí misma, es negada. ‘No existes para mí’, es la expresión suma del anonadamiento del otro. “La violencia del silencio, por ser una suspensión del sentido carece de palabras para contenerla”2

No estamos hablando del silencio que establece pautas fértiles, ni de aquel de la escucha ni la contemplación, hablamos del silencio de supresión del otro como interlocutor. Este silencio resulta letal por su cobardía, su bajeza y su adhesión a lo peor de la naturaleza de los hombres. Se trata de reducir a la víctima al silencio, a su mínima e indiferente expresión de la nada. Es de sabiduría popular que ‘el que calla otorga’. ¿Pero, qué otorga? Otorga sus argumentos y razones, otorga su perspectiva de la vida que se transforma, otorga sus convicciones que dejan de ser valiosas, otorga su persona misma para caer en la invisibilidad. En suma, ante la violencia del silencio, la víctima cede terreno,  se abandona al punto de desaparecer.

La violencia en los jóvenes es el resultado de un largo proceso. Podemos destacar dos elementos: una sociedad que paulatinamente se ha ido haciendo permisiva y ha dejado transcurrir décadas con una corresponsabilidad indiferente y no ha asumido posiciones y la otra tiene que ver con el proceso de desintegración familiar, algunas veces originado por el trabajo de los padres que se ven obligados a pasar muchas horas fuera de casa.

La violencia solo cederá ante propuestas pacíficas de reencuentro, ante posturas de genuina negociación, ante el reconocimiento de los otros como genuinos otros.

Los niños y los adolescentes no necesitan cómplices, ya los tienen. Necesitan ser escuchados desde la experiencia, valorados en sus particularidades, estimulados y advertidos en sus intentos, y acogidos amorosamente en sus frustraciones y silencios.

El Papa Francisco apostrofó:

  1. Hay que reducir un poco la velocidad en la vida.
  2. Tomarse un tiempo libre.
  3. Vivir y dejar vivir.
  4. No hacer proselitismo.
  5. Trabajar por la paz.
  6. Trabajar en un empleo que ofrezca una dignidad humana básica.
  7. No aferrarse a sentimientos negativos.
  8. Moverse con calma y esperanza por la vida.
  9. Disfrutar del arte, de los libros y de la alegría.

Quizás, si los adultos viviéramos aunque más no sea en parte estas premisas, nuestros niños y adolescentes pudieran entrever un mejor futuro.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:

1-Bordelois. I. “La Palabra amenazada” Libros del Zorzal. Buenos Aires Argentina, 2003

2-Breton P, Le Bretón D. “El silencio y la palabra contra los excesos de la comunicación” Nueva Visión, Buenos Aires, Argentina, 2009.

Publicado en dic 11th, 2015. #

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